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Todo empezó cuando te recomendó “La mujer del viajero en el tiempo”, de Audrey Niffenegger.
Se convirtió en tu libro favorito. Narraba la historia de amor entre un hombre, Henry, y su amada Claire. Sin embargo, no era una historia de amor corriente: Henry poseía una anomalía genética que le condenaba a viajar en el tiempo repentinamente, sin poder controlar el lugar y el tiempo al que se transportaba. En uno de sus viajes, aterrizó en la casa de campo de una niña pequeña llamada Claire. Durante los siguientes viajes en el tiempo, siguió visitando a Claire, quien iba creciendo y, poco a poco, madurando lo suficiente como para entender sus sentimientos por Henry y la relación que había estado manteniendo todos aquellos años con él.
Años más tarde, he decidido recuperar ese libro de la estantería y leerlo de nuevo para ti.
Tras esta segunda lectura, te has dado cuenta de que tu Henry se llamaba Carlos.
Tu Henry no viajaba en el tiempo, pero sé que le habría gustado. Sé que le habría gustado poseer una anomalía genética que le permitiese verte a lo largo de toda tu corta vida, especialmente en las etapas más tempranas.
Tu Henry no era bibliotecario, sino que era ingeniero. No recuerdas a qué se dedicaba exactamente, pero sabes que en su tiempo libre asistía a clases de piano, solfeo y coro en una pequeña academia de música, porque ahí fue donde vuestras vidas se cruzaron en un momento en que no se tendrían que haber cruzado. El resto del tiempo lo pasaba trabajando o en su casa, cuidando de sus hijos, cuya edad no recuerdas exactamente, pero que estaría en torno a los 8 años.
Tu Henry no necesitó viajar en el tiempo para marcarte para el resto de tu vida. Tan solo necesitó acercarse a ti en uno de los múltiples ensayos de orquesta a los que asistíais juntos, sonreír y hablar sobre algo que ya no recuerdas.
Has tratado de recordar los momentos que pasabais juntos miles de veces. Sin embargo, cuando más parece que te acercas a tu objetivo, tu mente se apaga. Lo único que ves entonces es un fondo blanco, como si alguien estuviera corriendo un velo sobre la verdad que tanto ansías conocer. Como si alguien quisiera confundirte constantemente y hacerte creer que no han ocurrido cosas que sabes que han pasado. Como si alguien te hubiese borrado la memoria mientras dormías.
Lo más especial de los recuerdos es que no podemos diferenciar los verdaderos de los falsos. La naturaleza creativa, subjetiva y reconstructiva de la memoria humana permite que ésta se vaya modificando a medida que accedemos a nuestros recuerdos, dependiendo enormemente del contexto y de nuestro estado emocional.
Cuando abres el libro que te recomendó Carlos por primera vez en años, sientes cómo los recuerdos que llevas creyendo verdaderos durante tanto tiempo se han desmoronado. Te das cuenta de que tu Henry no era tu Henry. Y ahora darías lo que fuera por poder saber la verdad. Necesitas diferenciar tu fabulación de la realidad, pero sabes que sólo es posible mediante una constancia gráfica que no existe o la palabra de un testigo fiable. Lo único que te queda son tus recuerdos y las entradas de tu diario.


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